
Esta vez me encuentro frente al teclado para decir que extraño
trocitos de mi vida en México. Especialmente poder ir al
Iztaccihuatl, montaña que siempre me ha parecido fuente de una entrañable energía maternal. Me acuerdo de la primera vez que subí con mi tío Armando. Subida por las rodillas bajada por
Ayoloco. Me acuerdo de la circunvalación. Me acuerdo de la arista de la luz. De la rampa
Oñate. Y por supuesto de los amigos con que he compartido esos senderos. Y también los que no eran senderos, como la épica búsqueda del refugio de
Ayoloco saliendo desde San Rafael acompañados por una de las nevadas más copiosas que viví allí.
Jajaja. No llegamos. Y por supuesto,
Nahualac. Disfruté de muchas salidas en su búsqueda. Disfruté de largas charlas con mis amigos. El fuego
cobijándonos, la luz
titilando. Las sombras largas del bosque al atardecer. La nieve. El agua. Vivaqueando. Incluso acampando en el lecho de la laguna en la temporada seca. Gracias.
Un abrazo